Cuerpo,  Emociones

NUESTRO SEGUNDO CEREBRO

¿Alguna vez sentiste mariposas en el estómago?
¿Alguna vez estuviste tan triste que no sentías hambre?
¿Alguna vez estar ansioso te hizo comer demasiado?
¿Algún gran susto te provocó malestar estomacal?

Recientemente, se ha descubierto que el tubo digestivo está tapizado por más de cien millones de neuronas. De ahí que se le haya bautizado, metafóricamente hablando, como el segundo cerebro. Es nuestro sistema nervioso entérico y abarca desde el esófago hasta el ano. Igual que el sistema nervioso, produce toda una serie de sustancias psicoactivas que influyen en el estado de ánimo: serotonina, dopamina, opiáceos o calmantes para el dolor y más. Y junto con las neuronas que están en el cerebro, moderan nuestro estado de ánimo, el carácter y el sueño, así que cuidar lo que comemos también nos ayudará a mejorar nuestra salud emocional y evitar dolencias como la ansiedad o la depresión.

Michael Gershon, investigador de la Universidad de Columbia en Estados Unidos y autor de El segundo cerebro, un libro de referencia en las investigaciones sobre el tema, explica que, conocido técnicamente como sistema nervioso entérico, el segundo cerebro está compuesto por capas de neuronas ubicadas en las paredes del tubo intestinal y contiene unos cien millones de neuronas.

El pequeño cerebro que tenemos en las entrañas funciona en conexión con el grande, el del cráneo, y en parte determina nuestro estado mental y tiene un papel clave en determinadas enfermedades que afectan otras partes del organismo.

Además de neuronas, en el aparato digestivo están presentes todos los tipos de neurotransmisores que existen en el cerebro. De hecho, el 95% de la serotonina, uno de los neurotransmisores más importantes del cuerpo, se encuentra en el intestino. Sin embargo, aunque su influencia es amplia, se deben evitar confusiones: el segundo cerebro no es sede de pensamientos conscientes ni de toma de decisiones.

Cuando nuestro sistema digestivo tiende al caos y la putrefacción, las emociones que se manifiestan también son de abatimiento, dan una sensación de que nada tiene remedio y que todo va a ir a peor. En cambio, cuando en nuestro mundo intestinal predomina la fermentación, la conservación y el equilibrio, el mensaje emocional que lo acompaña es de energía, claridad, de sentirse capaz, etc.

En la actualidad en el campo de la psicología y la psiquiatría se está utilizando la regeneración de la flora intestinal como alivio de problemas psicológicos. En dolencias como la ansiedad y la depresión es común encontrarnos con una inflamación intestinal crónica, incluso en problemas cotidianos de irritabilidad, variabilidad del ánimo, incapacidad de afrontar determinas situaciones o fatiga emocional.

Un neurotransmisor fundamental es la serotonina, la hormona relacionada con el bienestar, el comportamiento, la actividad sexual y el sueño. Si bien la tenemos en el cerebro y está muy asociada con los trastornos de ansiedad y depresivos, también está en el intestino; hay mucha más serotonina en el intestino que en el cerebro. Mantener el nivel de serotonina adecuado nos ayudará a dormir mejor y afrontar estados emocionales adversos como la depresión y la ansiedad. Además, influye en nuestro estado de ánimo y en nuestro apetito. Si su nivel es deficiente, puede provocar enfermedades como mal de Parkinson, y en exceso puede dar lugar a la aparición de brotes psicóticos.

Además de la serotonina, en el tracto digestivo se segrega el 50% de la dopamina que producimos y hasta 30 neurotransmisores más. Al mismo tiempo, el intestino se convierte en un laboratorio de benzodiacepinas, nuestros tranquilizantes naturales para combatir la ansiedad.

«El intestino registra emociones como si fuese un pequeño cerebro. Aunque no piensa ni razona, se comporta como un “órgano sensorial”. El cerebro interpretará la información que le envía el intestino de acuerdo a nuestro estado de ánimo y a nuestro entorno. Por ejemplo, una persona con intestino irritable sufrirá ansiedad anticipatoria, es decir, se anticipará a una situación potencialmente amenazante para ella, como puede ser un evento social en el que tenga que comer, y anticipe que tendrá movimientos intestinales o urgencia para ir al baño. El solo hecho de pensar esto, incluso horas antes, le activará las mismas áreas cerebrales de alerta que se activan en una crisis de pánico. Esto nos habla de la interrelación que tienen el intestino irritable y algunas enfermedades intestinales funcionales con algunos trastornos psiquiátricos, específicamente, con los trastornos de ansiedad», explica Gherson.

El estrés también afecta la barrera del intestino, que suele ser una barrera mucosa e impermeable que evita que pasen ciertas sustancias que pueden ser nocivas para nuestro organismo, y la rompe un poco, así que esas sustancias que pueden ser nocivas van a todo nuestro organismo. En los últimos años se ha estado estudiando la flora bacteriana intestinal o microbiota intestinal, es decir, los microorganismos vivos que tenemos en el intestino. Nuestro organismo tiene aproximadamente dos kilos de bacterias y en el intestino tenemos la mayor cantidad. Las bacterias evolucionaron con nosotros y hay más bacterias que células en nuestro organismo. En situaciones de estrés se puede alterar esa flora bacteriana normal y esa alteración puede predisponer a alteraciones en nuestro comportamiento. La buena alimentación y el control del estrés nos brindarán gran parte del bienestar emocional que requerimos para nuestro equilibrio.

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